• Travazona

Identidad travesti: revolucionaria y arriesgada


A lo largo de mi historia, he vivido discriminación por mi obesidad, por mi identidad sexual, en mis primeros años como varón homosexual, luego por mi género autopercibido, femineidad travesti.


Si hacemos una escala de violencias entre ambas identidades desde la fenomenología y epistemología de mis vivencias, en mi transitar por este gerundio humano, el hecho de ser marica en los ’90 con calzas caminando a las 10 de la mañana por Dorrego y Luis María Campos no fue tan violenta al momento de abrazar mi actual y definitiva identidad.


Desde mis inicios en la conformación de mi identidad autopercibida vi y sentí como el mundo vomitaba mi ser, expulsándolo constantemente, en todos los estratos sociales, incluso con aquellos apátridas sociales. Desde un principio sabía a que me arriesgaba, el hecho de poseer una educación formal con resabios universitarios me llevo a comprender que al elegirme y reconocerme travesti violentaría mi vida además de elegir a una edad adulta “poder ser”, ese deseo tan negado por la sociedad actual que transita esta humanidad, tan fracasada por la imposición de mandatos sin querer cambiarlos por vivir en esa tranquila y sabida comodidad obligada.

Replegada en la prostitución como única forma de salvación, la tomé en en sentido capitalista, capitalista de mi cuerpo, de mis horarios, poniéndole precio a mi cuerpo por el deseo ajeno, elegí la zona, los días, esquematizando esta obligatoriedad impuesta por la expulsión de la sociedad y del estado, en el submundo del inframundo, más abajo no podía haber caído, pero era mi ser el que vivía y sentía, ademas del ser deseada por una buena paga reafirmaba mi condición de trava, y revaluaba mi ser trava gorda, y mientras todas competían por la hegemonía corporal, en algún momento de mi historia prostibularia supe sacarle rédito a mi gordura trava, gran sensación.

Supe cobijarme, protegerme y esconderme de noche, sabia que el día era la daga asesina, las travas noctámbulas capitalinas y del conurbano, otra vida ajena a la vida misma., tantas vidas ajenas a su propia existencia social, estaban impuesta a la invisibilidad, a la violencia, al desapego de la amorosidad, valuadas en el riesgo país social, ese riesgo que constantemente nos deja en el borde del fracaso certero, del futuro incierto, como lo hace el actual gobierno, sin medir consecuencias, solo pensar en el país como una empresa y manejarlo como si un país funcionara a fuerza de empréstitos y no como consecuencia de sus esfuerzo y su posterior crecimiento.

Y supe abandonar el estado o situación de prostitución, porque soy de aquellas que entiende que ejercerla por decisión propia o estar bajo mandato impuesto, por el estado o de terceros, tiene que ver con la vivencia y vida particularísima, sin necesidad de buscar el reconocimiento de la sentencia de verdad, para poder lograr la imposición del poder, ejecutando en esta acción hacemos  lo mismo que le reclamamos al patriarcado: “libertad de decidir, y proteccion de los violentos, en todo sentido, en todos los espectros.”

En resumen pese al riego país que tiene la identidad travesti en la sociedad, es también aquella la que le hace una fuerte resistencia al mandato patriarcal, poniendo la corporalidad sin miedos, con cortes, heridas, golpes, mutilaciones, vidas… si el patriarcado cae, caerá vencido por los feminismos pero con las zancadillas del movimiento travesti argentino. 

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