• Travazona

DE MEDIAS, PROSTITUCIÓN, ELECCIÓN U OBLIGACIÓN: ABOLICIONISMO O REGLAMENTARISMO

“…Decidimos escribirte esta carta abierta a partir de leer tu nota (https://www.pagina12.com.ar/82701-mamushkas-feministas) en Las 12, en la que notamos una serie de esterotipos preocupantes y de verdades contadas/sabidas a medias llevadas a un medio muy masivo….”.

Respecto de la carta abierta a Malena Pichot por parte de Violeta Maleza Pérez, abrió un interrogante en mi:


Durante más de 10 años de mi vida tuve que prostituirme para sobrevivir y creo que puede servir un punto más de experiencia y opinión sobre el tema. El fin de esta nota más allá de ésta chica que se mueve por los medios en todo sentido tanto físico como verbal, creo lo importante de esta contestación a la nota de las 12 es como constantemente se busca absolutismo de opinión y de teorización sobre el gen de la prostitución. Más allá de ser travesti o más allá de ser mujer o más allá de ser hombre o más allá de ser persona transgénero, la prostitución es un acto que concierne al ser humano, y si bien podemos buscarle y endilgarle la culpa absoluta al patriarcado siempre sobra algo.


Veo como compañeras abolicionistas y como compañeras a reglamentaristas en un punto cuando una fue parte de esta acción de sobrevida qué es la prostitución, necesitan que una tome una definición en extremo y así poder realizar el llamado de uno u otro lado.


Yo no considero el absolutismo del abolicionismo ni tampoco considero el absolutismo del reglamentarismo porque: diferentes situaciones de diferentes personas diferentes géneros de diferentes sexos no es definitivo a la hora de saber qué es lo que sucede con los cuerpos propios y por decisión propia y por única supervivencia abrazar la prostitución.


Muchas veces me dijeron que a mí me salvó mi educación dentro del marco prostibulario porque tenía conocimiento, sin tener que acceder a las adecuaciones físicas para tener un cuerpo comercial ejercí la prostitución.


Igual a mí también me tocó llegar a esa decisión y todavía hoy me preguntó porqué, ¿será por lo impuesto en el marco social de ser dirigidas a dirección de la venta del cuerpo como arma de supervivencia?.


Este paradigma el otro día en el tren se me quebró: viajando encontré una trava trans vendiendo medias, con un profesionalismo y una potencia tremenda.


Le compré unas medias y dije bueno le doy una mano porque debe estar saliendo de la calle o sea de la prostitución, qué error tan garrafal cometí al prejuzgar a esta trans.


Me tocó viajar en el mismo tren en el mismo horario creo que fue en Navidad y me la crucé de nuevo y le dije:

- mamma la verdad te felicito hay que tomar la fuerza y el valor para salir de la prostitución.

Ella me dice:

– no nena hace muchos años hago esto, desde chiquita trabajo los trenes vendiendo.


Y no entendía Cómo se cuerpo tallado en silicona estaba armado no para la venta sino para su propio ser, para su propio entender y ahí también vi que esta chica desde muy pequeña vendía medias y ahí me cayó la ficha porque a muchas inclusive a las que tuvieron el privilegio de estar formadas hasta su decisión de su autopercibimiento caen en la prostitución y no se ponen a vender medias en los trenes,hacer chipa en las esquinas hacer muchas acciones que no se enmarcan en lo delincuencial que refiere la sociedad al acto de prostituirse pero sí aunque sea en una acción laboral precaria.


Y después me puse a pensar Cuántas veces decidimos lo que la mayoría hace por conveniencia de fácil inserción social para la supervivencia, en este caso de las travas si veo sólo una como refuta la teoría de que la prostitución en las travestis es la única salida.

Y pensé Mira quién nos da enseñanza del absolutismo del reglamentarismo y abolicionismo.

Para empezar a pensar desde otro sentido de cuánto lo histórico sociocultural del colectivo travesti trans empuja a nuestras compañeras a la acción de prostitución Y cuántas salen de esa situación vendiendo medias todos los días en un tren sin haber padecido y ejercido la misma.


Las medias de los flamencos

Cuento – Texto completo. Horacio Quiroga


Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y a los pescados. Los pescados, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del río los pescados estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola.

Los yacarés, para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de bananas, y fumaban cigarros paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de pescado en todo el cuerpo, y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los pescados les gritaban haciéndoles burla.

Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo, y caminaban en dos pies. Además, cada una llevaba colgada, como un farolito, una luciérnaga que se balanceaba.

Pero las que estaban hermosísimas eran las víboras. Todas, sin excepción, estaban vestidas con traje de bailarina, del mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas llevaban una pollerita de tul colorado; las verdes, una de tul verde; las amarillas, otra de tul amarillo; y las yararás, una pollerita de tul gris pintada con rayas de polvo de ladrillo y ceniza, porque así es el color de las yararás.

Y las más espléndidas de todas eran las víboras de coral, que estaban vestidas con larguísimas gasas rojas, blancas y negras, y bailaban como serpentinas. Cuando las víboras danzaban y daban vueltas apoyadas en la punta de la cola, todos los invitados aplaudían como locos.

Solo los flamencos, que entonces tenían las patas blancas, y tienen ahora como antes la nariz muy gruesa y torcida, sólo los flamencos estaban tristes, porque como tienen muy poca inteligencia no habían sabido cómo adornarse. Envidiaban el traje de todos, y sobre todo el de las víboras de coral. Cada vez que una víbora pasaba por delante de ellos, coqueteando y haciendo ondular las gasas de serpentinas, los flamencos se morían de envidia.

Un flamenco dijo entonces:

-Yo sé lo que vamos a hacer. Vamos a ponernos medias coloradas,blancas y negras, y las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.

Y levantando todos juntos el vuelo, cruzaron el río y fueron a golpear en un almacén del pueblo.

-¡Tan-tan! -pegaron con las patas.

-¿Quién es? -respondió el almacenero.

-Somos los flamencos. ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras?

-No, no hay -contestó el almacenero-. ¿Están locos? En ningunaparte van a encontrar medias así.

Los flamencos fueron entonces a otro almacén.

-¡Tan-tan! ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras?

El almacenero contestó:

-¿Cómo dice? ¿Coloradas, blancas y negras? No hay medias así en ninguna parte. Ustedes están locos. ¿Quiénes son?

-Somos los flamencos -respondieron ellos.

Y el hombre dijo:

-Entonces son con seguridad flamencos locos.

Fueron a otro almacén.

-¡Tan-tan! ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras?

El almacenero gritó:

-¿De qué color? ¿Coloradas, blancas y negras? Solamente a pájaros narigudos como ustedes se les ocurre pedir medias así. ¡Váyanse enseguida!

Y el hombre los echó con la escoba.

Los flamencos recorrieron así todos los almacenes, y de todas partes los echaban por locos. Entonces un tatú, que había ido a tomar agua al río, se quiso burlar de los flamencos y les dijo, haciéndoles un gran saludo:

-¡Buenas noches, señores flamencos! Yo sé lo que ustedes buscan. No van a encontrar medias así en ningún almacén. Tal vez haya en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas por encomienda postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas, y ella les va a dar las medias coloradas, blancas y negras.

Los flamencos le dieron las gracias, y se fueron volando a la cueva de la lechuza. Y le dijeron:

-¡Buenas noches, lechuza! Venimos a pedirte las medias coloradas, blancas y negras. Hoy es el gran baile de las víboras, y si nos ponemos esas medias, las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.

-¡Con mucho gusto! -respondió la lechuza-. Esperen un segundo, y vuelvo enseguida.

Y echando a volar, dejó solos a los flamencos; y al rato volvió con las medias. Pero no eran medias, sino cueros de víboras de coral, lindísimos cueros recién sacados a las víboras que la lechuza había cazado.

-Aquí están las medias -les dijo la lechuza-. No se preocupen de nada, sino de una sola cosa: bailen toda la noche, bailen sin parar un momento, bailen de costado, de pico, de cabeza, como ustedes quieran; pero no paren un momento, porque en vez de bailar van entonces a llorar.

Pero los flamencos, como son tan tontos, no comprendían bien qué gran peligro había para ellos en eso, y locos de alegría se pusieron los cueros de las víboras de coral, como medias, metiendo las patas dentro de los cueros, que eran como tubos. Y muy contentos se fueron volando al baile.

Cuando vieron a los flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia. Las víboras querían bailar con ellos, únicamente, y como los flamencos no dejaban un instante de mover las patas, las víboras no podían ver bien de qué estaban hechas aquellas preciosas medias.

Pero poco a poco, sin embargo, las víboras comenzaron a desconfiar. Cuando los flamencos pasaban bailando al lado de ellas se agachaban hasta el suelo para ver bien.

Las víboras de coral, sobre todo, estaban muy inquietas. No apartaban la vista de las medias, y se agachaban también tratando de tocar con la lengua las patas de los flamencos, porque la lengua de las víboras es como la mano de las personas. Pero los flamencos bailaban y bailaban sin cesar, aunque estaban cansadisimos y ya no podían más.

Las víboras de coral, que conocieron esto, pidieron enseguida a las ranas sus farolitos, que eran bichitos de luz, y esperaron todas juntas a que los flamencos se cayeran de cansados.

Efectivamente, un minuto después, un flamenco, que ya no podía más, tropezó con el cigarro de un yacaré, se tambaleó y cayó de costado. Enseguida las víboras de coral corrieron con sus farolitos, y alumbraron bien las patas del flamenco. Y vieron qué eran aquellas medias, y lanzaron un silbido que se oyó desde la otra orilla del Paraná.

-¡No son medias! -gritaron las víboras-. ¡Sabemos lo que es! ¡Nos han engañado! ¡Los flamencos han matado a nuestras hermanas y se han puesto sus cueros como medias! ¡Las medias que tienen son de víboras de coral!

Al oír esto, los flamencos, llenos de miedo porque estaban descubiertos, quisieron volar; pero estaban tan cansados que no pudieron levantar una sola pata. Entonces las víboras de coral se lanzaron sobre ellos, y enroscándose en sus patas les deshicieron a mordiscos las medias. Les arrancaron las medias a pedazos, enfurecidas, y les mordían también las patas, para que murieran.

Los flamencos, locos de dolor, saltaban de un lado para otro, sin que las víboras de coral se desenroscaran de sus patas. Hasta que al fin, viendo que ya no quedaba un solo pedazo de media, las víboras los dejaron libres, cansadas y arreglándose las gasas de sus trajes de baile.

Además, las víboras de coral estaban seguras de que los flamencos iban a morir, porque la mitad, por lo menos, de las víboras de coral que los habían mordido eran venenosas.

Pero los flamencos no murieron. Corrieron a echarse al agua, sintiendo un grandísimo dolor. Gritaban de dolor, y sus patas, que eran blancas, estaban entonces coloradas por el veneno de las víboras. Pasaron días y días y siempre sentían terrible ardor en las patas, y las tenían siempre de color de sangre, porque estaban envenenadas.

Hace de esto muchísimo tiempo. Y ahora todavía están los flamencos casi todo el día con sus patas coloradas metidas en el agua, tratando de calmar el ardor que sienten en ellas.

A veces se apartan de la orilla, y dan unos pasos por tierra, para ver cómo se hallan. Pero los dolores del veneno vuelven enseguida, y corren a meterse en el agua. A veces el ardor que sienten es tan grande, que encogen una pata y quedan así horas enteras, porque no pueden estirarla.

Esta es la historia de los flamencos, que antes tenían las patas blancas y ahora las tienen coloradas. Todos los pescados saben por qué es, y se burlan de ellos. Pero los flamencos, mientras se curan en el agua, no pierden ocasión de vengarse, comiendo a cuanto pescadito se acerca demasiado a burlarse de ellos.

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